Con este artículo concluye mi singular desnudo a la japonesa, o lo que es lo mismo, un relato muy personal con el que he pretendido acercarte a Japón a través de las emociones y experiencias que sentí y viví en tierras niponas. No servirá para que planifiques tu viaje pero espero despierte en ti las ganas de conocer este increíble país. Bienvenido a la segunda parte del Japón que traje en mi maleta.

Belleza japonesa

La dulce resaca emocional que te produce Kioto

Kioto, la antigua capital imperial. No imagino mejor lugar para empezar a descubrir un país tan fascinante como Japón. La dulce Kioto, la serena Kioto, la quintaesencia de la belleza nipona… Una ciudad que ha sabido conservar su acervo cultural y su paisaje urbano tradicional como ninguna otra. Una ciudad que logró seducirme y que, en mi opinión, custodia el alma del país del sol naciente.

Templo Nanzen-ji, Kioto

Una esencia que hice mía durante cuatro días. Saltando de admiración en admiración, de escalofrío en escalofrío, de sorpresa, en sorpresa. Disfrutando de cada regalo que me brindó y cuya lista completa resultaría eterna. La espectacular estampa de los 1.000 Kannon del templo budista de de Sanjūsangen-dō, el esperado encuentro con una geisha en el encantador barrio de Gion, una cena en Pontocho a orillas del río Kamogawa, un paseo por el bosque de bambú de Arashiyama, una mañana en la que me volví loca fotografiando cada rincón de Kiyomizu-dera, una tarde en la que protagonicé mi propia película en el santuario sintoísta de Fushimi Inari, unas horas en las que me puse en la piel de una maiko

Bosque de bambú de Arashiyama, KiotoPaseando por Gion, Kioto

Días en los que me sentí inmersa en el corazón del Japón más auténtico contemplando la delicada armonía del Kinkaku-ji, el pabellón dorado, cuyo reflejo en el estanque es sobrecogedor, frente a la impresionante pagoda del templo Toji -visible desde muchas partes de la ciudad-, comprándome un kimono en el Mercado de Artesanía, ojeando colecciones en el Museo Internacional del Manga, descansando en los jardines del Palacio Imperial, aluciando con la cantidad de productos que no había visto en mi vida en el Mercado Nishiki…

Templo Kinkaku-ji, Kioto, Japón

Mercado Nishiki, KiotoTemplo Tenryu-ji. Kioto. Japón

Sí, realmente Kioto fue la mejor de las bienvenidas. El alter ego sosegado de Tokio, el perfecto y relajado punto de partida a un viaje que deseé fuera eterno en la ciudad de los templos, en la magnética y cautivadora Kioto que dejó en mí una resaca emocional que nunca me abandonará.

¿Qué comemos hoy? Jugando al prueba error con la gastronomía japonesa

Visité cada mercado que encontré, probé todo tipo de comidas, me sorprendí con la cantidad de sabores nuevos a los que se enfrentaba mi paladar día a día y sucumbí a la realidad: comer con palillos se me da fatal. Me pongo nerviosa, mis dedos se anquilosan y acabo pareciendo un click de Famobil.

Hoto, una especialidad de Kawaguchiko. JapónBol de arroz con tofu y huevo, gyōzas y encurtidos japoneses

17 días de viaje dan para mucho: para aprender la diferencia entre los fideos udon (gruesos) y soba (finos), para declararme adicta a las gyōzas y a la tempura, para comprobar que la sopa de miso no es lo mío pero en cambio el sashimi (marisco o pescado crudo) no me disgusta, para catar especialidades locales como el delicioso hoto de Kawaguchiko o el kamameshi de Nara, pasara saber que un buen okonomiyaki puede salvarte más de una cena y para afirmar sentencias gastronómicas tales como que una caja bento es perfecta para saciar el hambre en los trayectos en tren, que los kit-kat de té verde son adictivos y que si quieres sobrevivir al agosto japonés acabarás tomando kakigoris de forma compulsiva (helado de hielo picado con sirope).

Kamameshi. JapónKakigori y pescado crudo. JapónOkonomiyaki, un plato típico de Japón

Y, sí lo reconozco, como siempre que tengo oportunidad, acabé en un local de la cadena del payaso sonriente de peluca roja. Entenderás que con una vegana en el equipo la carne fue simbólica y que no solo de arroz y tofu vive el viajero. ¿Una última confesión? Cada noche antes de volver al hostal, ryokan o donde fuese, repetía el mismo ritual. Entraba en un pequeño súper y a base de pito pito gorgorito me agenciaba una buena dosis de fritos y golosinas. A veces triunfaba, a veces no.

Aperitivos japoneses

Reflexionando sobre la fe en el cementerio de Okunoin (Koyasan)

Recuerdo la excursión a Koyasan como uno de los momentos con más carga espiritual que viví en tierras niponas. Allí, en la prefectura de Wakayama, me esperaba el Monte Koya, el centro más importante del budismo Shingon, una de las ramas principales del budismo japonés introducida por el monje Kūkai en el 805.

Cementerio de Okunoin. Japón

Aunque toda esta zona, con más de cien templos y monasterios, ha sido declarada Patrimonio de la Humanidad, fue recorrer el cementerio de Okunoin lo que provocó en mí un debate interno entre lo divino y lo terrenal, entre el no creer y la necesidad de encontrar refugio para el alma. Y es que la visita a este cementerio, el más grande de todo Japón, no deja indiferente a nadie con sus dos kilómetros de tumbas en las que yacen aquellos que desearon permanecer junto al gran maestro de la escuela Shingon. Una enorme necrópolis en la que más de 200.000 tumbas comparten espacio entre una densa vegetación y cedros milenarios que filtran los rayos del sol, y donde el silencio impera a cada paso aunque estés acompañada por cientos de peregrinos que acuden a este lugar sagrado.

Jizos en el cementerio de Okunoin. JapónCementerio de Okunoin en Koyasan. Japón

Entrada al Okunoin Gobyo. Cementerio de Okunoin. Japón

Un espacio de estética conmovedora, que invita a la relajación, al paseo tranquilo, a buscar en tu interior, y que tiene su epicentro en el Okunoin Gobyo, el mausoleo donde reposan los restos de Kūkai, llamado tras su muerte Kōbō-Daishi, y del que dicen descansa en eterna meditación a la espera del futuro Buda. La inalterable concentración de los monjes en sus rezos, las ofrendas de los fieles, la sobrecogedora aura de misticismo que te envuelve, el intenso olor a incienso… Y allí estaba yo. Una occidental bautizada en la doctrina católica que se debate entre racionalismo ateo y el agnosticismo. Conmovida ante la fe y la entrega que me rodeaba y me mecía a golpe de mantras. Pensando sobre la necesidad o no de creer en algo, sobre lo efímero y lo duradero. Y sí, deseé haber podido pasar la noche en alguno de los templos budistas que acogen al viajero para acercarme al modo de vida de los monjes y asistir a una sesión de meditación matutina. Será cuestión de volver, pensé mientras salía del Torodo -un templo con cientos de linternas donadas por devotos de todo el mundo-, y enfilaba el camino de regreso deshaciendo su sinuoso sendero de baldosas, entre las figuras de Jizos y los sepulcros de un cementerio creado para que el legado de Kōbō-Daishi perdure hasta la eternidad.

Desmontando el carácter japonés

Como apunté en la primera parte de este personalísimo viaje a Japón a través de las emociones, lo primero que te enseña este país es que tienes todo por aprender. Una lección de vida magistralmente cívica y cortés que vas interiorizando a medida que conoces a sus habitantes, cuyos usos y costumbres, muchos de ellos extravagantes a ojos de Occidente, te muestran sin apenas pestañear un cuadro futurista cargado de frikismo y una postal milenaria.

Ofrenda en el templo. JapónJugando a El Pachinko en Tokio. Japón

Sus modales, su idioma, su religión, su forma de comer, vestir y divertirse… Todo ello conforma el singular carácter del pueblo nipón. Gentes adictas al trabajo, al consumo y a la tecnología, extremadamente ordenadas y aparentemente frías, que honran a sus ancestros y que siempre te tratarán con un respeto absoluto y una amabilidad exquisita. Puede ser un guía que te enseña de forma gratuita el espectacular castillo de Matsumoto, una vendedora de marisco del mercado Omicho de Kanazawa, un taquillero del metro de Tokio o un chico que interrumpe su charla para llevarte a una zona de fumadores situada a diez minutos caminando. La mayoría no habla inglés, cierto, pero siempre tratarán de echarte una mano con una sonrisa en el rostro.

Guía del castillo de Matsumoto, JapónMercado Omicho. Kanazawa, Japón

El orden, el respeto por las normas, la seguridad y la limpieza también llamaron mi atención. Da igual el medio de transporte que uses, todo el mundo respeta la fila. Puedes dejar el móvil o el bolso donde quieras porque nadie se va a acercar a tocarlos. Las ciudades están impolutas a pesar de no tener papeleras y aunque a primera vista resulten caóticas funcionan a la perfección.

Viajando por Japón te cruzarás con venerables ancianos haciendo una ofrenda en un templo y con hombres de negocios durmiendo en una cafetería de buena mañana. Los verás vestidos de cosplay, dándolo todo en los karaokes, tomando algo en cualquier bar bizarro, concentradísimos ante una máquina de El Pachinko o luciendo sus trajes tradicionales en el metro. ¿Y qué decir de las japonesas? Da igual la edad que tengan, casi todas lucen un sutil aspecto de frágil muñeca, delgadas, con la tez increíblemente blanca y sus pasos cortos. Siempre protegiéndose del sol y presumidas hasta decir basta. Solo tienes que entrar en un baño para comprobarlo. Tras lavarse las manos, es raro que no tiren de maquillaje para lucir perfectas, como auténticas diosas de ojos rasgados.

Hombres de negocios durmiendo en una cafetería, JapónJóvenes japonesas de compras

¿Una caja de sorpresas? Sí, así es la sociedad japonesa. Tan lejana y afín a nosotros como puedas imaginar y tremendamente atractiva.

El Japón que traje en mi maleta

Tras intentar transmitirte con mayor o menor fortuna el aluvión de emociones que sentí durante este viaje en el que me perdí y me encontré cien veces, escribí deseos en papel y quemé la batería de mi cámara, paso a un plano más físico para contarte el Japón material y palpable que me traje en la maleta.

Pidiendo un deseo en Takayama. Japón

Antes de que me taches de derrochadora, debo confesar que soy muy dada a comprar souvenirs. En su mayoría no son recuerdos para mí sino regalos que la gente que aprecio espera recibir porque al fin y al cabo, por humildes que sean, no dejan de significar un «estuve allí y me acordé de ti». Haciendo recuento compré una docena de imanes, varios juegos de palillos y amuletos omamori que ya he ido distribuyendo, una muñeca kokeshi, un juego de tazas, un kimono, una botella de sake, un par de camisetas, un cenicero portátil, una bolsa enorme de chucherías…

Pero, sin duda, el mejor presente que me hice fue comprar un libro de sellos que fui rellenando en cada templo visitado. ¿Su precio? ¥1000 el cuaderno y ¥300 cada sello. ¿Su valor? Incalculable. Fue mi más preciado tesoro durante el viaje y, cómo imaginarás, se ha convertido en la joya de mi biblioteca viajera.

Libro de sellos, Japón

Libro de sellos. Japón

Cada vez que lo abro recuerdo las conversaciones no verbales mantenidas con aquellos maestros de la caligrafía. Mi mano tendida con el libro, una sonrisa, sus refinados trabajos con alma de tinta y un ritual de reverencias como despedida que acababa con un tímido arigatô gozaimasu saliendo de mis labios.