Tan solo con citar su nombre me emociono. Mi piel reacciona, mi pulso se acelera y una sonrisa con trazos de nostalgia ilumina mi mirada. ¿Crees que es posible que un lugar te cale tan hondo como para pensar que una parte de ti se quedó vagando entre sus muros? A mí me sucedió con Santa Sofía, esa joya arquitectónica que escogió a Estambul para maravillar al mundo.

Como comenté en su día, Estambul se ha convertido en la niña de mis ojos, en la ciudad a la que anhelo regresar para escribir nuevos capítulos de una historia de amor que se inició hace un año. Quiero contemplar más atardeceres desde Üsküdar, surcar otra vez las aguas del Bósforo hasta las puertas del Mar Negro, volver a escuchar el quejumbroso canto del muecín llamando a la oración, contemplar el Cuerno de Oro con un té entre mis manos, sentir el dulzor de los baklavas, ver la vida pasar en el Puente Gálata… Pero, sobre todo, deseo volver a rendirme ante el sueño de Justiniano, ante la obra más hermosa y sagrada de la época bizantina. Ante Santa Sofía.

La magia de Santa Sofía

Recuerdo como si fuera ahora aquella mañana de primavera. Llovía sobre la Plaza Sultanahmet, el corazón de la antigua Constantinopla, y un cielo plomizo cubría la que fue capital de tres imperios. Estaba frente a ella, repasando con mi mirada su sólido y austero exterior de tintes rosados, sus minaretes, su ingrávida cúpula… Calibrando las dimensiones de uno de los espacios más prodigiosos creados jamás por el hombre que conmueve incluso desde la distancia.

Exterior de Santa Sofía. Estambul

Colas de acceso a Santa Sofía. Estambul

Aguanté estoicamente la larga cola de acceso y me dirigí a la entrada. Un escalofrío recorrió todo mi cuerpo al toparme con el más famoso de sus mosaicos bizantinos, el Cristo Pantocrátor, situado encima de la puerta del Emperador. Caminé entre el gentío hasta la nave central y me quedé paralizada, absorta ante una belleza que se forjó en 1.500 años de historia.

Nártex de Santa Sofía, Estambul

Nave central de Santa Sofía, Estambul

El paso del tiempo, los avatares de la propia ciudad, la fusión de culturas y credos… Todo estaba allí para mí, como si Santa Sofía me hubiese estado esperando toda la vida para doblegarme a fuerza de imágenes y sensaciones que aún retumban en mi memoria. Para someterme a su magia, tan difícil de plasmar con palabras.

El altar, con sus magníficos candelabros aportados por el por el gran visir Ibrahim Pasha, el mihrab, una de las mejores obras en mármol de la época otomana del siglo XVI, las grandes cisternas de alabastro, los preciosos pabellones, los ocho enormes medallones con caligrafía cúfica que nos hablan de Alá, Mahoma y los primeros califas, la Biblioteca de Mahmud I, el Omphalion donde se coronaba a los emperadores, los azulejos, la tribuna del sultán, los estrados para la lectura del Corán, los mosaicos bizantinos recuperados en la segunda mitad del siglo XIX, las imponentes columnas, su enorme cúpula que marcó un hito en la historia de la arquitectura y que parece flotar sobre tu cabeza…

Altar y minbar de Santa Sofía. Estambul

Biblioteca de Mahmud I. Santa Sofía, Estambul

Cisterna de alabastro. Santa Sofía. Estambul

Cúpula de Santa Sofía. Estambul

Y su luz. La luz de Santa Sofía. Tan única y tantas veces ensalzada. Regalo de sus numerosas ventanas y vidrieras y de las incontables lámparas de bronce que alumbran su colosal fisonomía. Su luz. Un juego de reflejos que iluminan, de sombras que difuminan el camino y te obligan a detenerte, convirtiendo el interior de este templo es un universo tan etéreo que parece irreal, en un delirio visual que estremece al más crédulo. En mi caso, este éxtasis de emociones se plasmó en una lágrima. Inmóvil en medio de la inmensa nave central, abstrayéndome de los cientos de turistas que me rodeaban, olvidando mi cámara y dejando que Santa Sofía se colase por cada rendija de mi alma.

Lámparas y vidrieras de Santa Sofía. Estambul

Mosaico de la Virgen María, el primer mosaico figurado creado después del período iconoclasta de Santa Sofía.

Lo hizo. Tanto como para sentir la necesidad de salir al exterior, pasear, respirar y buscar mi espacio. Para relajar mis sentidos tomando un zumo de granada, para repasar su longeva trayectoria en busca de datos reales que me impidieran pensar que lo que estaba viviendo era una ilusión.

Fuente de las abluciones. Santa Sofía. Estambul

Cafetería en los jardines de Santa Sofía, Estambul

Tomando un zumo de granada en Santa Sofía, Estambul

Sancta Sophia, Haghia Sofia, la iglesia de la Sagrada Sabiduría, Museo Ayasofya…. Datos que me trasladaron a la primera Santa Sofía construida el año 360 por orden del emperador Constantino y que acabó destruída por un incendio. A los tiempos de Teodosio en los que, de nuevo, su destino fue ser pasto de las llamas durante la Revuelta de Nika en el año 532 y a su estructura actual, diseñada por arquitectos griegos bajo la supervisión personal de Justiniano que la convirtió en la mayor iglesia del mundo cristiano de la época. “Gloria a Dios que me ha juzgado digno de semejante obra. ¡Salomón, te he vencido!”, cuentan que exclamó el emperador bizantino al inaugurar en el 537 la basílica de Santa Sofía.

Tras la toma otomana de Constantinopla en 1453, el sultán Mehmet II hizo de ella la mezquita principal de Estambul durante 400 años. Ahora es un museo. Así lo decidió en 1935 el presidente Ataturk, padre de la actual Turquía.

Medallones de Santa Sofía. Estambul

Cualquier rincón es bueno para admirar la belleza de Santa Sofía

Iglesia, mezquita, museo… Poco importa su estatus oficial mientras siga en pie, mientras quien dirija su destino la cuide como se merece y permita que gentes llegadas de todo el mundo puedan ser testigos de su grandeza. Ese era el pensamiento que me acompañó cuando enfilé mis pasos hacia la rampa que da acceso a la galería superior. Para admirarla desde una nueva perspectiva, para imaginar cómo sería sin la presencia de andamios, para detenerme ante los impresionantes mosaicos que la etapa musulmana encaló y que se recuperaron en las posteriores rehabilitaciones. Como el del emperador Komnenos, el mosaico de la emperatriz Zoe o el de la Deesis -considerado el comienzo del Renacimiento en el arte pictórico bizantino. Para fijarme en los cuatro ángeles que bordean la cúpula, para ver la Mezquita Azul casi a vista de pájaro, para seguir sintiendo su carga eléctrica…

Interior de Santa Sofía. Estambul

Recorriendo la galería superior de Santa Sofía, Estambul

Mosaico del emperador Komnenos. Santa Sofía. Estambul

Vista de la nave central de Santa Sofía desde la galería superior. Estambul

Mosaico de la Deesis. Siglo XIII. Santa Sofía. Estambul

Vista de la Mezquita Azul desde Santa Sofía. Estambul

Miré el reloj. Aunque para mí el tiempo se detuvo en cada uno de sus rincones habían pasado más de cuatro horas desde mi entrada. Cuatro horas que volaron en un suspiro, en un viaje a través de la historia y las emociones que tantos otros contaron antes que yo. Debía marchar y despedirme de este hipnótico edificio de la única forma posible, con una sonrisa agridulce que auguraba un adiós y soñaba un reencuentro. Para paliar mi tristeza, introduje mi dedo en el angosto agujero de la Columna de los Deseos, famosa por tener efectos curativos. Ya imaginas qué pedí: que cuidara la parte de mí que se quedó vagando entre sus muros. Entre los muros de Santa Sofía.

Pidiendo mi deseo en Santa Sofía. Estambul

Saliendo de Santa Sofía. Estambul

Horarios y otros datos de interés para visitar Santa Sofía

Ubicación: Plaza Sultanahmet.

Horario de visita: Del 15 de abril al 25 de octubre de 9:00 a 19:00 h. (último acceso a las 18:00h). Del 25 de octubre al 15 de abril de 9:00 a 17:00 h. (último acceso a las 16:00h). Lunes cerrado.

Entrada: 30 liras turcas. Puedes comprarlas en las taquillas situadas en la entrada. Si vas a visitar varios museos, puede compensarte adquirir la tarjeta Museum Pass.

Transporte: Tranvía: Sultanahmet, línea T1

Más información: Hagia Sophia Museum

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