No sé qué pensaría Clarín si pudiera contemplar cómo ha sido el devenir de aquella provinciana, clerical y asfixiante Vetusta que inmortalizó en La Regenta. Tras su sorpresa inicial, posiblemente se adueñaría, como yo, de los piropos que Woody Allen le regaló a Oviedo siglos más tarde: deliciosa, bella, limpia, agradable… Y es que nada queda de aquella ciudad de viviendas viejas y negruzcas que describió en el XIX. Ni tan siquiera su imagen desangelada y gris de los ochenta pervive. Ahora Oviedo es una pieza más de un hermoso puzzle llamado Asturias, un capricho para los que aprecian la tranquilidad que solo se da en las pequeñas ciudades, donde todo el mundo parece conocerse.

Mi historia con la capital del Principado de Asturias no arranca como en la novela de Clarín cuando “la heroica ciudad” dormía la siesta. Más bien despertaba a una mañana de viernes  bajo un cielo blanquecino. Solo tenía un puñado de horas para conocerla, así que encaminé mis pasos hacia el casco antiguo, hacia la antigua ciudad medieval antaño amurallada.

Estatua de La Regenta. Oviedo

Allí me dio la bienvenida su vecina más universal, Ana Ozores, más conocida como La Regenta, perpetuada en forma de estatua delante de la casa que el escritor convirtió en su hogar. Aunque su frágil presencia contribuye a forjar la imagen de la Plaza de Alfonso II el Casto, la Catedral es la verdadera protagonista de este espacio delimitado por un conjunto de nobles edificios como el Palacio de Valdecarzana, la iglesia de San Tirso, el Palacio de la Rúa o la Casa de los Llanes.

Catedral de Oviedo

Palacio de La Rua. Oviedo

Palacio de Valdecarzana. Oviedo

Bajo su majestuosa estampa, coronada por una única torre de 80 metros que Clarín retrató como un “índice de piedra que señala al cielo”, este templo, que el tiempo dotó de trazas románicas, góticas y barrocas, alberga en su interior la Cámara Santa donde se custodian reliquias de la cristiandad como el Santo Sudario, además de la Cruz de la Victoria y la Cruz de los Ángeles, símbolos de Asturias y Oviedo.

Al salir, una placa en el suelo me recuerda que estoy en un punto clave del Camino de Santiago. A principios del siglo IX, el rey astur Alfonso II inició desde esta Catedral de El Salvador la primera de las peregrinaciones a Compostela para venerar la tumba de Santiago El Mayor y fundar allí la primera basílica en su honor. Ya lo dice una antigua copla medieval: “Quien va a Santiago y no va a El Salvador, visita al vasallo y no al Señor”.

Camino de Santiago. Oviedo

Estatua de Alfonso II, rey de Asturias. Oviedo

En torno a la Catedral se arremolina la zona vieja que voy desgranando prácticamente en solitario. Son calles peatonales y empedradas que concentran la esencia de esta ciudad patrimonial, salpicadas de encantadoras plazoletas y más y más estatuas. Tantas que llegan al centenar haciendo de Oviedo un ecléctico museo de esculturas al aire libre. Como El regreso de Willams B. Arrensberg, un viajero recién llegado que detiene su paso en la Plaza Porlier para contemplar el Palacio de Camposagrado y la Universidad. O la Esperanza Caminando, una estudiante que custodia la entrada del Teatro Campoamor donde cada año se entregan los premios Príncipe de Asturias. En sus aledaños está la no exenta de polémica pero inevitablemente impactante obra de Eduardo Úrculo. Su nombre lo dice todo: Culis Monumentalibus.

Plaza Porlier. Oviedo

Teatro Campoamor. Oviedo

Culis Monumentalibus. Oviedo

Las bonitas fachadas modernistas y barrocas de la calle Cimadevilla me acompañan hasta la Plaza de la Constitución que parece diseñada para fortalecer la presencia del Ayuntamiento y la Iglesia de San Isidoro. En un lateral del consistorio veo los títulos que ostenta Oviedo: “Muy noble, muy leal, benemérita, invicta, heroica y buena”. Honores de otra época vertidos a una ciudad que me seduce por momentos.

Calle Cimadevilla. Oviedo

Ayuntamiento. Oviedo

Músico callejero. Oviedo

Iglesia de San Isidoro el Real. Oviedo

Sin darme cuenta me planto ante la estructura metálica del Mercado del Fontán. Oviedo por fin ha despertado y el pequeño rastro exterior empieza a tomar forma con puestos ambulantes de flores, ropa y todo tipo de cachivaches. En su interior, la vida transcurre tranquila. Apenas unos carritos de la compra cruzan los pasillos de este entrañable universo gastronómico. Sidra, quesos, pescados, fabes, compangos… Si quieres llevarte un trocito de Asturias a casa, éste es tu lugar. No me resisto a probar uno de sus dulces típicos, las casadiellas, deliciosas empanadillas rellenas de nuez, azúcar y anís que se deshacen en mi boca.

Mercado del Fontán. Oviedo

Fabes y sidra asturiana. Mercado del Fontán. Oviedo

Casadiellas y rosquillas caseras. Mercado del Fontán. Oviedo

De allí me dirijo a otro de los rincones con más encanto de Oviedo, la Plaza del Fontán, la Plaza del Pan de Clarín o ese “ruedo de casucas corcovadas” que Ramón Pérez de Ayala plasmó en su novela Tigre Juan. Un espacio porticado, rodeado de casas tradicionales que aseguran los ovetenses encierra el alma de la ciudad entre aperitivos y sidras.

Plaza del Fontán. Oviedo

Como todavía es pronto para rendirme a la gastronomía local y mis piernas reclaman un alto en el camino, enfilo la comercial calle Uría rumbo al Campo de San Francisco. A la altura de Milicias Nacionales me encuentro con “un americano sorprendido en una ciudad que mezcla lo medieval y lo urbano”. No son palabras mías sino de Santarúa, el escultor y pintor asturiano que dio forma a un paseante más, a un distraído y soñador Woody Allen que en su día también se fotografió junto a su hiperrealista álter ego de bronce.

Estatua de Woody Allen. Oviedo

Situado en pleno centro, el Campo de San Francisco es un remanso de 9 hectáreas poblado de tilos, arces, chopos y, cómo no, más estatuas, donde no faltan los estanques, el clásico templete de música y paseos con evocadores nombres como el paseo de los Curas o el del Bombé. Como curiosidad, a unos pasos de aquí creció el famoso Carbayón, un roble centenario que pasó a mejor vida con la expansión de la ciudad pero cuya memoria se perpetuó tras su tala dando origen al gentilicio popular de carbayones y, en su versión más dulce, a unos pasteles de almendra y yema bañados en azúcar.

Estanque en el Campo de San Francisco. Oviedo

Campo de San Francisco. Oviedo

Visitar Oviedo y no dejarse caer por Gascona es un pecado que no se redime ni consiguiendo la Compostela. Y no es porque esté al lado del Camino Primitivo sino porque esta calle, conocida como el Bulevar de la Sidra, copa el récord de sidrerías por metro cuadrado de la ciudad. El Pigüeña, La Pumarada, El Ferroviario, Villaviciosa, La Noceda, Tierra Astur… Chigres para todos los gustos y bolsillos donde tomar unos culines de sidra, tapear o saborear algunos clásicos de la cocina asturiana entre ovetenses y foráneos. Como ya había probado el cachopo en Gijón, recargué baterías con la sempiterna fabada. Original que es una.

Gascona. Oviedo

Fabada asturiana. Oviedo

El reloj seguía apremiándome con sus imparables manecillas. Mi estancia tocaba a su fin y aún me faltaba por conocer uno de los motivos que me habían traído hasta aquí: el prerrománico asturiano que cobija el monte Naranco. Una carretera serpenteante me llevó hasta la ladera del guardián verde de Oviedo que me regaló una espectacular panorámica de la ciudad adornada o afeada, para gustos los colores, por la silueta del polémico legado de Santiago Calatrava, el Palacio de Congresos.

Vista de Oviedo desde el monte Naranco

Como buena alumna en mis días de instituto, llevaba la lección aprendida. Sabía que iba a encontrarme con dos de las más depuradas y armónicas muestras de este estilo propio del reino cristiano de Asturias, Santa María del Naranco y San Juan de Lillo. Preguntar cuál me gustó más es casi tan absurdo como hacer escoger a un niño entre papá y mamá. La primera es una edificación civil, la segunda una iglesia, ambas Patrimonio de la Humanidad, ambas del siglo IX. La estructura perfectamente simétrica de Santa María y su sala superior flanqueada por dos miradores, la decoración escultórica y las pinturas murales de Lillo… No te preocupes si suspendiste historia del arte, tanto el Centro de Interpretación como las visitas guiadas te ayudarán a desentrañar la historia que encierran estos dos monumentos que por sí solos ya justifican una visita a Oviedo.

Centro de Interpretación del prerrománico asturiano. Oviedo

Santa María del Naranco. Oviedo

Vista de Oviedo desde Santa María del Naranco

San Miguel de Lillo. Oviedo

Visita que yo misma me he propuesto repetir. No tuve tiempo para acercarme a San Julián de los Prados, ni al Museo de Bellas Artes de Asturias, ni callejear tanto como hubiese querido, ni tan siquiera puede exprimir las noches de la capital. Eso sí, unas horas bastaron para quedarme prendada de esta ciudad, novelada como pocas, que se mueve entre el espíritu señorial de otras épocas y la Asturias del siglo XXI.

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Aviso para navegantes: Si quieres viajar a Oviedo como quien regresa a un lugar ya conocido y recorrerla a partir de los lugares que habitaron los personajes de La Regenta, te recomiendo que navegues por la Ruta Clariniana. Un itinerario virtual desarrollado por la Universidad de Oviedo con el que podrás descubrir Vetusta siguiendo la estela de Clarín.

Más información:  Turismo de Oviedo