“Yo he estado once veces”. “Yo nueve”. “Yo cinco”. Ahora lo entiendo. Antes de emprender viaje me sorprendía que tanta gente repitiera un mismo destino siendo nuestro mundo tan inabarcable  como es. Tras siete días recorriendo Marruecos, tomándole el pulso a esta franja norteafricana, hallé la respuesta: este país engancha y mucho. El Alto Altas, las dunas del Sáhara, los pueblos bereberes, sus impresionantes gargantas, la enérgica, y por qué no decirlo, apabullante Marrakech… Marruecos. Tan vecino en el espacio como alejado de nuestra cultura occidental. Tan sorprendente, tan fascinante y a la vez tan cercano.

Resumir en un puñado de líneas todos las experiencias y sensaciones vividas en suelo marroquí con Sara se me antoja una cumbre difícil de coronar, una carrera de fondo con mil paradas a cual más interesante. Aún así, tiro de tamiz, enciendo una lámpara, y dejo que sus destellos me ayuden a filtrar lo más esencial, aquello que realmente me dejó huella. Marruecos en siete instantes.

Lámpara del Hotel Royal Mansour. Marrakech

El silencio de Erg Chebbi

Llegar a nuestro campamento de jaimas, ubicado en medio de la nada a lomos de un dromedario, mientras el sol se iba despidiendo tiñendo las dunas de la más increíble paleta de amarillos, ocres y rosas que puedas imaginar, fue algo inenarrable.

Erg Chebbi. Marruecos

Literalmente teníamos el desierto para nosotras solas sin que nada, salvo las inevitables fotos, rompieran la magia. Adoro ser periodista/blogger de viajes pero te aseguro que en ese breve pero intenso trayecto hubiera dado lo que no tengo por olvidar mi profesión y que mi mente y mis manos no se apartasen ni un momento del asidero de mi montura.

Un posado en toda regla. Marruecos

Luego llegó la cena, los cantos bereberes alrededor de una fogata, las risas con Anna -una catalana que se convirtió en hermana del desierto-, el confort de los edredones que cubrían nuestra cama y el amanecer. Esta vez sí hice lo correcto. Como nos despertamos tarde, salí corriendo. En pijama y sin cámara. Hacía mucho frío pero la sangre al galope por mis venas me permitió entrar en calor y disfrutar como una niña pequeña del apabullante espectáculo de ver nacer un nuevo día con los pies enterrados en la arena.

Amanece en el desierto. Marruecos

Minúscula ante las gargantas del Todra

El todopoderoso Atlas, Ouarzazate, la hermosa kasbah de Ait Ben Haddou, Skoura, el Valle de las Rosas, el Dades… Cada uno de los rincones del sur que conocí durante los tres días de ruta me pareció más potente que el anterior pero, puestos a escoger uno, mi alma viajera se queda con las gargantas del Todra. Una falla de 300 metros de profundidad, situada a 15 km. de Tineghir, que se abre para formar un desfiladero de apenas 10 metros de ancho. Sentirte aprisionada entre las rocas y elevar la mirada para ver cómo este capricho de la naturaleza recorta el cielo a la vera de las aguas del río es una experiencia fascinante que te hace sentir más pequeña que un grano de arena. Puedes tratar de buscar mil enfoques pero ninguna imagen hará honor a su grandeza, a su salvaje presencia.

Gargantas del Todra. Marruecos

Paseando por las gargantas del Todra. Marruecos

Ver pasar la vida a través de una ventanilla

El último día de nuestro itinerario deshicimos los 580 km. que separan Merzouga de Marrakech. Durante esas largas horas en 4×4, aproveché mi posición de copiloto para ponerme en la piel de una discreta espectadora. Me encanta relacionarme con la gente de los lugares que visito sí pero, a veces, me gusta tomar cierta distancia para observar la realidad tal como es. Auténtica, sin artificios, sin que la presencia de una cámara cercana viole su esencia.

En ruta por Marruecos

Pastor bereber. Marruecos

Tazarine. Marruecos

A vista de pájaro

Madrugar tiene sus ventajas y una de ellas es que te permite subir en globo para contemplar  las zonas rurales que rodean Marrakech a vista de pájaro. Lo cierto es que las vistas no son tan espectaculares como las que se pueden divisar en otros escenarios pero sólo por ver los primeros rayos de sol incidir sobre las cumbres nevadas del Atlas mereció la pena.

Vuelo en globo. Marrakech. Marruecos

Certificado de vuelo con la empresa Ciel d'Afrique. Marrakech. Marruecos

Marrakech en boca de una mujer

Eso sí fue un auténtico lujo. Durante unas horas recorrimos los imprescindibles de Marrakech en compañía de Fátima, una experta guía local que sufrió estoicamente la batería de preguntas que le lanzamos a casa paso. Por supuesto que nos interesaba visitar el palacio de la Bahia y escuchar sus narraciones sobre favoritas y concubinas, admirar la arquitectura arabigoandaluza de la madraza Ali Ben Youssef, recorrer el mellah o descubrir curiosidades como que la bola más pequeña que corona el minarete de la mezquita de la Koutoubia fue forjada en oro con las joyas de la mujer del rey Yaqub Al-Mansur, como penitencia por haber roto el ayuno del Ramadán por un antojo. Cosas del embarazo…

Madraza Ali Ben Youssef. Marruecos

Pero lo que más nos atraía era saber cómo era el día a día de los marrakechíes, en especial, el papel de la mujer. Su ejemplo no pudo ser más revelador. Fátima tiene cinco hermanas y cada una expresa su respeto por el Islam a su manera. Una viste a la moda occidental, otras ocultan su cuerpo a medias o por completo, y ella confiesa que sólo cubre su cabeza con el hiyab (velo) cuando llueve para que no se le alborote la melena. A la hora de comer se reúnen en torno a la mesa familiar y todas son tratadas por igual a pesar de que sus convicciones no comulguen al cien por cien. También insiste en que la práctica de culto está garantizada por la Constitución, que las mujeres pueden ejercer la custodia de sus hijos y que la lucha contra la discriminación laboral continúa su curso.

Perdidas en la medina

Tras conocer a Javier Bardem, al pequeño Nicolás y que me guiñaran un ojo acompañado de un “vuerve luego mi arma” en la plaza Yamaa el-Fna, callejeamos sin rumbo por la laberíntica medina. A medida que nos alejábamos de los zocos más cercanos, cesaron las insistentes llamadas de atención de los vendedores y nos volvimos invisibles a los ojos de aquellos que se cruzaban en nuestro camino. Las tiendas iban echando el cierre, el incesante ir y venir de carros y motos se mitigaba por momentos -al final decidí que fueran ellos los que me esquivaran-, ni un solo turista  y una tenue lluvia mojando las calles… Y allí estábamos este par de dos, disfrutando de una ciudad que se nos antojaba solo para nosotras.

Rematamos el día en la terraza del Café Glacier que, junto al puente de Gálata de Estambul, ya se ha convertido en uno de mis rincones favoritos del planeta. Acudimos en busca de refugio en una noche cerrada marcada por la mezcolanza de sonidos que emanaban de El-Fna, el vibrante corazón de Marrakech. Y sí, nos tuvieron que echar aunque yo me hubiera quedado allí plantada hasta el amanecer.

Plaza Yamaa el-Fna desde el Café Glacier de Marrakech. Marruecos

Saborear, oler y sentir

Marruecos sabe a tajines, cuscuses, brochetas y keftas, a zumo de naranja y a té de menta. Huele a cardamomo, a ras el hanout, a cilantro, canela, curry, cúrcuma y nuez moscada, y su tacto engloba la delicadeza del aceite puro de Argán, la fortaleza del adobe de sus mil hasbahs, la rugosidad de sus originales formaciones geológicas y la suavidad de la arena del desierto. Imagino que también olerá a mar en Essaouira y en resto de la costa atlántica y mediterránea pero eso tendré que descubrirlo en un próximo viaje.

Tajine de pollo. Marruecos

Elaboración del aceite de Argán. Marruecos

Puesto de especias. Marrakech

Para finalizar este relato, te dejo, no exenta de pudor, un resumen de nuestro #ExploreMorocco en formato vídeo. Olvida a las protagonistas y céntrate en las imágenes y sonidos. Si sientes unas ganas irrefrenables de subirte a un avión y aterrizar en Marruecos, Inshallah! Objetivo cumplido.

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