Su imagen siempre aparece en todas las guías y folletos de Irlanda y su visita es una de las más deseadas. Te hablo de los acantilados de Moher, una de las joyas naturales que pueblan la ruta costera del Atlántico. Dicen que este viaje en carretera, que bordea cada curva del litoral oeste de la isla, es uno de los más espectaculares del mundo y a tenor de lo que yo vi, solo una pequeña parte, no dudo que sea así.

Me hubiera gustado recorrer este itinerario de principio a fin, desde Cork a Donegal, para conocer sus más de 2000 km de playas, sus bahías, sus aldeas de pescadores y, en el mejor de los casos, avistar ballenas y delfines. Quizá en un futuro pueda hacerlo, pero en mi primera incursión en tierras irlandesas tuve que conformarme con una pequeña pincelada de este litoral situada en el Condado de Clare.

Para ir a los acantilados, tras consultar muchas agencias de excursiones, escogí la compañía Wild Rover Tours. Las opiniones de otros viajeros eran muy buenas y, al contrario que otras empresas que solo ofrecen los servicios de un conductor, viajaríamos acompañados de un guía. La encargada de descubrirnos todos los secretos y curiosidades de cuanto íbamos a visitar fue Jennifer Carberry, una irlandesa encantadora que amenizó las tres horas de trayecto desde Dublín combinando historia y arqueología con una cuidadísima banda sonora repleta de temas clásicos y contemporáneos de la mejor música del país. The Chieftains, Enya, Van Morrison, Riverdance, Thin Lizzy, U2, The Dubliners…

En ruta hacia la costa atlántica de Irlanda

Rumbo a los Acantilados de Moher

Así, acompañados por las notas históricas y musicales que Jennifer iba desgranando, fuimos dejando atrás los suburbios de Dublín para internarnos en los condados de Kildare y Limerick entre pequeñas poblaciones, extensos campos con más tonalidades de verde de las que puedas imaginar, restos celtas, fortalezas como el Bunratty Castle e importantes centros de surf y de golf como Lahinch.

Los acantilados de Moher

Centro de visitantes y zona de aparcamiento. Acantilados de Moher

Los acantilados de Moher esculpidos en madera

Al llegar a los acantilados de Moher el día no podía ser más desapacible. El cielo parecía que iba a desplomarse en cualquier momento, lloviznaba y hacía muchísimo viento. Un viento helador que en ningún caso invitaba a pasear al borde de estos colosales vigías del Atlántico. Pensé en refugiarme en el centro de visitantes y entrar en calor tomando un café pero las ganas de contemplar aquello que tantas veces había soñado conocer hizo que mis pasos, desatendiendo a la razón, se encaminaran hacia ellos.

De camino a la plataforma principal. Acantilados de Moher

Cuando alcancé la plataforma principal, me encontré con uno de los paisajes más sorprendentes que han visto mis ojos e impactado mis sentidos. Hasta donde se perdía la vista, una cadena de imponentes acantilados presidía el horizonte, resistiendo impasible las sacudidas de un océano que los golpeaba con fuerza.

Los acantilados de Moher

Tal vez mis impresiones hubiesen sido diferentes si el sol hubiese lucido ese día, pero el manto gris que los cubría, el olor a tierra y a hierba mojada, y el frío que calaba mis huesos los hacían aún más sobrecogedores. No sé cuánto tiempo pasé apoyada en uno de los muros que delimitan el recorrido. Sin habla, tiritando e increíblemente apabullada por este rincón irlandés esculpido por la naturaleza hace más de 320 millones de años, que toma su nombre de las ruinas de una fortaleza llamada en gaélico antiguo “Mothar”.

Acantilados de Moher

Tras superar el impacto inicial que supone ver por primera vez los acantilados, encaré la rampa urbanizada que conduce a la Torre de O’Brien, no sin antes detenerme a escuchar los delicados sonidos que un músico callejero ya entrado años arrancaba de su acordeón.

Pese al frío, la música no cesa en los Acantilados de Moher

Subiendo hacia la Torre de O'Brien. Acantilados de Moher

Curiosamente, esta atalaya fue construida en 1835 para desempeñar la misma función que cumple hoy en día, un mirador panorámico que ya disfrutaban los cientos de visitantes que a principios del siglo XIX recibían los acantilados. Su constructor fue Cornelius O ‘Brien, un terrateniente de noble linaje que creía en la fuerza del turismo como potenciador de la economía local. No se equivocaba pues hoy en día los acantilados de Moher atraen hasta un millón de viajeros cada año.

Torre de O'Brien. Acantilados de Moher

Esta torre está situada muy cerca del punto más alto de los acantilados, 214 metros sobre el nivel del mar, y, según dicen, en días despejados las vistas pueden alcanzar hasta cinco condados. Las islas Aran, la bahía de Galway, las montañas de los Twelve Pins en Connemara,  el faro de Loop Head…

Desestimada la opción de subir al mirador porque la bruma cubría buena parte del horizonte, continué mi paseo hacia el norte. Es realmente complicado tratar de describir tanta belleza. A un lado, vastos prados en los que las vacas pastan plácidamente ajenas al trasiego de turistas. Al otro, el fin del mundo con sus titánicas paredes verticales que a lo largo de ocho kilómetros se enfrentan al Atlántico.

Verdes prados frente al Atlántico. Acantilados de Moher

El poder de la naturaleza. Acantilados de Moher

The Burren Way. Acantilados de Moher

Ya sabía de su grandeza gracias a películas como La princesa prometida, El hombre de Mackintosh o Harry Potter y el Misterio del Príncipe, pero ninguna pantalla es capaz de captar lo que se siente cuando te plantas cara a cara frente a ellos.

La fuerza del océano. Acantilados de Moher

A partir de aquí, el camino se estrecha y un rótulo avisa que no conviene seguir. Aunque ya no hay muros de protección, algunos se lanzan a sobrepasar esta barrera para hallar mejores encuadres y hacerse el selfie de turno al borde de los acantilados. Una auténtica locura y más con la tierra resbaladiza y el tremendo viento que apenas permitía caminar con tranquilidad.

Deshaciendo el camino, rumbo a la plataforma sur, me fijé en la cantidad de carteles que hay de una organización llamada Samaritans que ofrece una línea de ayuda para evitar los suicidios que en más de una ocasión se han producido en los acantilados. De hecho, hay un pequeño monumento dedicado a los que perdieron la vida en esta franja del litoral irlandés.

Monumento en memoria de los que murieron en los acantilados de Moher

Los senderos que recorren los acantilados de Moher

Una vez allí intenté localizar la colonia de frailecillos (puffins) que anidan en Goat Island. No pudo ser porque por lo visto, estas aves, conocidas como los payasos de los océanos, llegan del Atlántico en abril y regresan a finales de julio. Tal vez tú tengas más suerte cuando los visites y puedas disfrutar de la variada fauna que hay en estos acantilados. Y es que este espacio es una zona de protección especial que acoge la mayor colonia de aves marinas de Irlanda. Una veintena de especies a las que hay que sumar los delfines, focas y ballenas jorobadas que en ocasiones se pueden ver en mar abierto.

Vistas desde la plataforma sur. Acantilados de Moher

Los acantilados de Moher son un capricho de la naturaleza

Detalle de los acantilados de Moher

¿Otra curiosidad de los acantilados de Moher? En determinadas épocas del año, se dan las condiciones necesarias para originar gigantescas olas que alcanzan los doce metros de altura. Una de ellas es la Aileen’s Wave. Los expertos aseguran que además de ser una de las más grandes de Europa es lo más parecido a lo que se conoce como la ola perfecta. Todas las estrellas mundiales del surf se han citado aquí alguna vez para cabalgarla.

Mi visita a los acantilados concluyó en el Centro de Visitantes, una enorme cueva abovedada que se mimetiza con el entorno para que el impacto de la huella del hombre sea solo una anécdota en este increíble escenario. En su interior acoge exposiciones fotográficas, áreas interactivas con muchísima información de la zona y una pequeña sala de proyecciones. Te sugiero que no te vayas sin ver el documental Ledge Experience. Sentirás que vuelas a lo largo de las cornisas y promontorios de los acantilados para acabar descubriendo el mundo marino que se oculta bajo las aguas del Atlántico. Aunque el centro cuenta con su propia tienda de souvenirs, si quieres llevarte un recuerdo más auténtico, puedes visitar las tiendas que encontrarás justo al lado. La mayoría ofrecen originales productos artesanales.

Vista exterior del centro de visitantes. Acantilados de Moher

Centro de visitantes. Acantilados de Moher

Mientras curioseaba en una de ellas, oí el sonido del claxon de mi autocar. Tocaba abandonar este entorno bendecido por la naturaleza y continuar camino hacia el Parque Nacional Burren para finalizar la jornada brindando con cerveza al son de la música celta en la encantadora ciudad de Galway.

Ruta costera del Atlántico

Información práctica para visitar los acantilados de Moher

Ubicación de los acantilados de Moher:

Los acantilados de Moher se encuentran en la costa oeste de Irlanda cerca del pueblo de Liscannor (Condado de Clare) Coordenadas GPS Latitud: 52.9714578 Longitud: -9.4247540

Distancias por carretera a los acantilados de Moher:

Galway (1,5 h.). Ennis (40 minutos). Limerick (1,5 h.). Dublín (3 h.) Si lo prefieres, puedes contratar una excursión de un día desde Dublín.

Tarifas del centro de visitantes de los acantilados de Moher:

Adultos: 6€.  Niños menores de 16 años: gratis. Estudiantes y tercera edad: 4€.

Entrada a la Torre de O’Brien:

Adultos: 26€.  Niños: 1€.

Precio del tour guiado por los acantilados:

45€

¿Qué ropa llevar en tu visita a los acantilados de Moher?

El clima en Irlanda es absolutamente cambiante por lo que conviene ir preparado. Para visitar los acantilados no olvides algo de abrigo, un impermeable y un buen calzado.

Más información: Turismo de Irlanda (Ruta costera del Atlántico). Cliffs of Moher

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