Quedarse en los complejos turísticos al abrigo del todo incluído, entre baños de sol, partidas de golf y actividades náuticas, es lo más fácil. El camino directo a unos días de relax sin preocupaciones ni estrés en los que disfrutar de la cara más amable y convencional de la República Dominicana. Pero es sólo tierra adentro, más allá de las playas y los magníficos resorts, donde el viajero puede compartir el día a día dominicano y conocer, realmente, la tierra que pisa.

Tratando de captar esta imagen, partimos hacia el interior de la provincia de La Altagracia, una tierra habitada originariamente por los indios taínos, que nos permite acercarnos al mundo del tabaco dominicano, de la caña de azúcar y de las plantaciones de café.

En una de las haciendas que se cruzan a nuestro paso, conocemos a Nicolás. A sus 71 años, está al frente de una pequeña finca que mantiene gracias a las visitas de los que no se quedan dormitando en la playa. “Los que se acercan al interior vuelven encantados. Aquí les explicamos cómo nos ganamos la vida, nuestras costumbres, el origen del cacao, el cultivo de la caña de azúcar y del tabaco, y cómo se prepara una auténtica mamajuana”, sentencia Nicolás sin perder la sonrisa ni por un instante. “Lo de la mamajuana les resulta muy curioso y aunque muchos dudan de la eficacia de la viagra dominicana siempre apuntan la receta. El secreto es hacerse con unos buenos palos (raíces) de canela, marabeli, maguei, guayacán, clavo dulce y anís, y dejarla curar con cariño”.

Tras saborear una típica comida criolla con nuestro anfitrión (habichuelas rojas, arroz, sancocho, mangú y dulce de coco), seguimos ruta. En el camino encontramos grupos de colegialas uniformadas que regresan a casa, pequeñas tiendas de artesanía, niños que nos saludan desde cualquier rincón y pueblos prefabricados en los que la pobreza no se esconde. Son los bateyes, poblaciones de trabajadores agrícolas que se sitúan alrededor de las plantaciones de caña de azúcar. Barracones y casuchas de madera en los que malviven las comunidades más pobres del país y los llegados de la vecina Haití en busca de una vida mejor. Y es que son miles los haitianos que entran cada año en la República Dominicana huyendo de la pobreza absoluta de su país. Para la mayoría, el gran sueño de una vida mejor queda reducido a trabajar en las plantaciones de caña de azúcar o en la construcción. Al atardecer, esta mano de obra temporera, barata, y en la mayoría de los casos explotada, regresa exhausta tras una dura jornada de trabajo. Su única esperanza: no ser expulsados del país antes de cobrar la paga.

Así, mecidos por un baile incesante de sensaciones enfrentadas, aromas y colores, llegamos a Higüey, capital de la provincia de La Altagracia. Sus más de 160.000 habitantes la convierten en la ciudad más grande de la zona, en un hervidero humano que trabaja en su mayoría en los cercanos complejos hoteleros de Punta Cana o en el comercio de productos turísticos. El día a día en Higüey no tiene nada que ver con la tranquilidad que se respira en las pequeñas poblaciones que hemos dejado atrás. Para comprobarlo, solo hay que armarse de un poco de valor -el tráfico es bastante caótico-y contratar los servicios de un motoconcho. Estas motocicletas que funcionan como un  taxi son el modo más rápido y económico para desplazarse por las calles de la bulliciosa Higüey.

Para los creyentes Higüey tiene un significado muy especial ya que aquí se alza el Santuario de la Milagrosa Virgen de la Altagracia, patrona del pueblo dominicano. La romería del que se conoce como el primer santuario de América tiene lugar el 21 de enero y congrega a millares de devotos que si es necesario recorren toda la isla para rendirle culto a su virgen, representada en una pintura al óleo del siglo XVI. El impresionante edificio, construido sobre un antiguo santuario, es obra de los franceses Dunover de Segonazc y Pierre Dupré y fue inaugurado en 1971.

Cae la noche y tras comprobar que el país tiene más páginas que leer de las que salen en los folletos, es hora de regresar al hotel, al mundo de lujo y confort que hemos comprado a golpe de tarjeta de crédito. Allí nos espera de nuevo un traguito de vitamina R, unos pasos de merengue y esa sensación agridulce de que volvemos a ser turistas, no viajeros.