¿Te has preguntado alguna vez cómo deber ser dormir en un hotel de hielo? ¿Qué se siente al descansar entre efímeras paredes de nieve helada? Yo hallé la respuesta por encima del Círculo Polar Ártico, en la Laponia noruega, una generosa región dispuesta a darte lo mejor de sí misma. Regalos envueltos en un inmaculado papel blanco, el de sus paisajes gobernados por la naturaleza, que custodian en su interior experiencias inolvidables. Regalos que lucen un lazo verde, como la esperanza de que una aurora boreal se cruce en tu camino permitiéndote sentir el roce de la felicidad.

Kirkenes Snowhotel. Hotel de hielo

Mi experiencia en un hotel de hielo

Aquel domingo de mediados de marzo saludé al nuevo día más nerviosa de lo habitual. La travesía en trineo tirado por huskies, la ruta nocturna en moto de nieve, el ancestral respeto por la naturaleza que profesan los samis… A la dulce resaca emocional de tantos grandes momentos vividos en la salvaje y sobrecogedora Laponia noruega iba a sumarse el mejor broche níveo: dormir en un hotel del hielo al tiempo que invocaba a Odín, a Ull y a cuantas deidades nórdicas conocía para poder presenciar el mayor espectáculo del firmamento.

¿Pasaré frío? ¿Lograré dormir? ¿Vendrá por fin a mi encuentro esa dama esquiva y caprichosa de nombre aurora y apellido boreal? Estas preguntas asaltaban mi mente mientras me rendía una vez más a la belleza del invierno noruego realizando un trekking con raquetas de nieve. Bajo un sol radiante y un virginal cielo azul, paladeando el silencio y poniéndome en la piel del mismísimo Amundsen porque yo también estaba explorando el gran vacío blanco.

Raquetas de nieve en la Laponia noruega

Tras saborear un reconfortante bidos, el tradicional guiso de reno del pueblo sami, pusimos rumbo al Kirkenes Snowhotel que se construye cada año a finales de diciembre muy cerca de la población que le da nombre. A tan solo 15 kilómetros de la frontera con Rusia.

Instalaciones del Kirkenes Snowhotel. Hotel de hielo

Recuerdo, como si fuera ahora, que mientras nos explicaban las características de este singular alojamiento, agasajándonos con una típica salchicha, la emoción crecía y crecía. Consciente de que iba a vivir una experiencia que solo han probado unas 50.000 personas, volví a ser la niña pequeña que fui en la víspera de reyes. Sabía que algo grande estaba por llegar y quería abrir cuanto antes mi regalo.

Bienvenida en el restaurante Gabba. Kirkenes Snowhotel

Crónica de la noche más fría y cálida de mi vida

El Ice bar fue mi primera toma de contacto con este capricho arquitectónico en cuya construcción se emplean más de 15 toneladas de hielo. ¿Era como lo había imaginado? No. Las fotos, por buenas que sean, no pueden transmitir la fascinación que supone verte inmerso en un cuento de agua sólida. En una sorprendente fábula decorada por los mejores escultores chinos que cada año embellecen con sus creaciones las paredes del Kirkenes Snowhotel.

Acceso al Ice bar. Kirkenes Snowhotel. Hotel de hielo

Ice bar. Kirkenes Snowhotel. Hotel de hielo

La barra central, los sillones cubiertos de pieles, las esculturas… Aunque todo podría asombrar al más apático de los mortales, mi mirada no podía apartarse de aquel triángulo horadado en la nieve que nacía tras un puñado de escalones. Impaciencia, más preguntas y mariposas en el estómago bailando al son de un licor de bienvenida.

Pasillo central del Kirkenes Snowhotel. Hotel de hielo

Aquel largo pasillo, iluminado por colores suaves que aportaban calidez al gélido espacio, daba acceso a las 20 habitaciones del hotel. Descorrer cada una de las cortinas que a modo de puerta las flaqueaban era ir de sorpresa en sorpresa. Personajes de la película Frozen, tallas de Charlot o Marilyn Monroe, escenas de animales o, como en mi caso, un precioso palacio oriental que velaría mi sueño a una temperatura constante de 4 grados bajo cero.

Acceso a las estancias del hotel de hielo

Habitacion del hotel de hielo en Kirkenes

La cama, un saco térmico, unos almohadones y un trabajado cabecero. Nada más. Solo lo esencial para enmarcar la noche más fría y cálida de mi vida.

Del hotel de hielo al calor de la madera, del sueño a la realidad

Al final del túnel, el hielo da paso a la madera, omnipresente en las instalaciones fijas del hotel. En la sala común en la que dejas tus pertenencias, en la zona de duchas y aseos o en el restaurante Høyloftet donde me sirvieron una reconfortante cena de sabores locales tras enseñarme cómo ponerme correctamente dentro del saco de dormir.

Sala de descanso. Kirkenes Snowhotel

Aprendiendo a usar el saco de dormir. Hotel de hielo

Cena en el hotel de hielo

Un nuevo vistazo a la app de Norway Lights en la acogedora sala de descanso. La pantalla sigue diciendo go, probabilidad máxima de ver auroras boreales dentro de una hora. No estoy en la mejor de las ubicaciones por la contaminación lumínica pero no importa. Es esta noche. Tiene que serlo. El reloj parece haberse congelado para llevarle la contraria a un corazón que galopa a toda máquina. No puedo estar quieta. Salgo al exterior y me entretengo inmortalizando la estampa nocturna del edificio principal y las cabañas de madera que acogen a los viajeros que quieren disfrutar el invierno ártico de otro modo.

Cae la noche en el hotel de hielo

Cabañas de madera. Hotel de hielo

Mis ojos van del visor al cielo. Del cielo al móvil. Sigue allí esa anhelada palabra que me anima a no desfallecer pese a las bajas temperaturas. Me alejo cuanto puedo del hotel. Mis pies se hunden en la nieve una y otra vez hasta que hallo una zona sólida en la que plantar el trípode. Hace frío, no sé cuánto durarán las baterías y los minutos se eternizan. La gran dama del norte se hace esperar. Hasta que aparece vistiendo con sus haces de luz la oscuridad, danzando para mí, una minúscula espectadora que la observa como quien ve un espejismo. Tiritando, enfoco al infinito y me sorprendo al ver cómo la cámara capta mucho más de lo que veo. Verdes, naranjas, destellos rojizos… 10 fotos, 20, 30. Ya basta. Ni periodista, ni aprendiz de fotógrafa, ni bloguera de viajes. Ahora solo soy Alícia. Apago el equipo y miro al firmamento directamente. El escalofrío que me atraviesa es ajeno al termómetro. Es el reflejo de algo muy cercano a la felicidad.

Más información: La aurora boreal en Noruega

Aurora boreal en Kirkenes. Laponia noruega

¿Cómo es dormir en un hotel de hielo?

Tras conquistar las luces del norte, regresé al hotel. Reinaba el silencio. Probablemente era la única huésped que seguía en pie. Era tarde y debía dormir, sí, pero necesitaba unos minutos para relajarme.

Kirkenes Snowhotel. Dormir en un hotel de hielo

Decidí aprovechar el tiempo recargando también todo mi equipo, sentada en el suelo de la sala que daba acceso a aquel pasillo helado. Fue entonces cuando fui plenamente consciente del momento que estaba viviendo. “Algo bueno he debido hacer en otra vida si en esta acabo de ver una aurora boreal y voy a dormir en un hotel de hielo”, pensé mientras me cambiaba y vestía mi cuerpo con unas finas mallas, una camiseta y unos calcetines de lana.

Mi palacio oriental en el Kirkenes Snowhotel

Al llegar a mi congelado refugio encontré a mis compañeras durmiendo plácidamente. Mi habitual torpeza hizo que me costará un poco enfundarme en el saco. La sábana higiénica iba por un lado, mis piernas por otro… Salvado el puzle, me tumbé con la mirada fija en el techo. Estaba cómoda, no tenía frío y aún así me resistía a cerrar los ojos. A pesar del cansancio por tanto vivido, quería hacer más mío aún ese momento. Además, iba a ser incapaz de pegar ojo con aquel pasamontañas que más que un alivio era un incordio. Quitármelo fue lo último que recuerdo antes de que el sonido de una campanilla anunciara el nuevo día. Me desperté envuelta en una cálida sensación de paz, relajada y con una sonrisa dibujada en el rostro. La misma que mantuve desayunando, frente a un ventanal panorámico que enmarcaba unas impresionantes vistas del fiordo.

Restaurante Høyloftet. Kirkenes Snowhotel

La vida física de un snowhotel es efímera, de hecho, mi habitación, como el resto de infraestructuras de hielo, desaparecería con la llegada de la primavera. No así en mi memoria porque la experiencia de pasar la noche en un hotel de hielo es, sencillamente, imborrable.

Para dormir en un hotel de hielo necesitas saber que…

Por muy friolero que seas, no vas a pasar frío. Los sacos de dormir resisten temperaturas de hasta -30 grados. Haz caso a las recomendaciones y no te abrigues en exceso o acabarás pasando calor.

Aunque a simple vista lo parezca, la cama no es de hielo. Tiene un colchón al uso con una capa de aislamiento térmico adicional.

Las luces de la habitación, como las del resto del complejo, permanecen encendidas toda la noche. Tenlo en cuenta porque tal vez necesites un antifaz para dormir.

Si no puedes vivir sin el móvil, puedes meterlo dentro del saco sin miedo a que se estropee. El resto de tus pertenencias, a no ser que quieras que se congelen, en consigna.

Sacos térmicos. Hotel de hielo

¿Necesitas ir al baño? Sé valiente, sal de saco y trata de llegar cuanto antes al edificio principal.

En el hipotético caso de que no puedas conciliar el sueño, puedes optar por pasar la noche recostado cómodamente en los sofás de las zonas comunes.

Si viajas con niños, debes saber que en el caso del Kirkenes Snowhotel la edad mínima es de 7 años.

El precio medio de una habitación doble aquí ronda los 280€ por persona (2.500 coronas noruegas).

Este hotel permanece abierto del 20 de diciembre al 20 de abril.

Más información: Kirkenes Snowhotel

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