Cuando Marta de La Mochila de Mamá me lanzó el reto de hacer una lista con 9 cosas que no sé hacer -una especie de cadena que corre entre el mundillo de los bloggers de viaje y que ella ya había completado-, lo primero que pensé es que sería más fácil y breve enumerar 9 cosas que creo sí sé hacer antes que catalogar todas la que no. En cualquier caso, no voy a ser yo quien cambie las reglas del juego y aquí va mi pequeño striptease personal con las virtudes que la madre naturaleza ha decidido negarme en el día a día y a la hora de viajar. Por algo será…

1. Conducir

No sé. Por algún sitio tengo una tarjeta plastificada -con la foto de una tipa que no conozco- que asegura que en su día sí supe. Se equivoca. No he sabido nunca y las pocas veces que me he puesto al volante me he sentido como el enemigo público número 1. Pegada al cristal y más tensa que un click de Famobil. Si mis compañeras de Facultad hablasen… Lo más curioso de todo es que no lo hago porque tema lastimarme. No. Lo que me da pavor es que mi ineptitud en esta materia me lleve a provocar un accidente que dañe al pobre infeliz que se cruce en mi camino. Eso sí, a optimista no me gana nadie. Después de que mi padre se dejara un dineral para que me sacase el carné en mis lejanos 18 -la práctica a la 4ª, ahí lo dejo-, al llegar a Madrid se me ocurrió la «brillante» idea de volver a intentarlo y me zampé 40 prácticas más. Menuda inversión. No avancé ni de Famobil a Playmobil. Sigo en las mismas. En mi defensa: como copiloto no tengo precio. Si no me duermo, claro.

2. Esquiar

Ignoro cómo se me daría porque nunca lo he intentado a pesar de tener buenos amigos que trabajan como profesores en las estaciones turolenses de Javalambre y Valdelinares. Últimamente reconozco que me ha entrado el gusanillo por aprender pero me frena una de mis grandes lacras: nací torpe y moriré torpe. Vamos, que a priori, me veo más haciendo la fotosíntesis en el bar con una coca cola en la mano y disfrutando del paisaje que deslizándome como una grácil gacela por las pistas.

No sé conducir ni esquiar

3. Ser ordenada

También llegué tarde al reparto del concepto orden y lo reconozco, vivo dentro del caos organizado. Prueba de ello es mi zona de trabajo. Tal vez no recuerde de qué color es mi mesa porque una montaña de papeles, folletos y notas la sepultan, pero sé exactamente dónde tengo todo lo que necesito. Tú ni lo intentes. Pregunta antes y, sobre todo, no se te ocurra tocar nada. Podrías romper mi ecosistema y las consecuencias serían devastadoras. Tampoco me regales nunca una agenda. Otros antes que tú han tratado de canalizar mi desorden y han fracasado. Soy la reina del pósit. Manía asociada: antes de salir de viaje, dejo mi escritorio como una patena. Consigue que me sienta mejor a la vuelta. Cinco minutos, claro. Un placer breve pero intenso.

4. Tirar recuerdos viajeros

Al hilo de mi defectillo anterior, soy incapaz de tirar el material que acumulo antes y durante un viaje. Lo intento pero, como diría el Vizconde de Valmont, «no puedo evitarlo». De vez en cuando trato de hacer limpieza pero es inútil. Solo consigo aumentar el desorden y la papelera continúa tan vacía como al principio. Itinerarios, tarjetas de embarque, resguardos de maletas, cuentas de restaurantes, entradas… Es uno de mis talones de Aquiles, mi particular síndrome de Diógenes viajero.

Tampoco sé deshacerme de los recuerdos de mis viajes

5. Dormir plácidamente la noche antes de viajar

Nunca lo he conseguido y a estas alturas de la película ni lo intento. La noche antes de viajar es una pesadilla que me acompaña desde que me enviaron a mis primeros campamentos (4 añitos, precoz que es una). Retraso al máximo el momento de tumbarme con excusas tan fundamentales como quitar el polvo, intercambiar tuits con otro insomne o volver a mirar el tiempo que va a hacer donde quiera que vaya a viajar. Ya en la cama sigo siendo un manojo de nervios pero en versión horizontal. Doy mil vueltas, cambio de postura, pienso que la habitación necesita una buena mano de pintura, repaso mentalmente el itinerario, ¿me dejo algo?…  Eso sí, espero que nunca llegue el día en que deje de sentir esas maravillosas mariposas en el estómago porque significará que he roto el cordón umbilical que me une a la maleta, o lo que es lo mismo, significará que he dejado de ser yo. Aviso para futuros compañeros de viaje: si no me conoces en persona, no te preocupes, me reconocerás por los ojos de panda que luciré en el meeting point.

 6. Dejar de revisar toda la documentación antes de partir

Una de las cosas que me impiden conciliar el sueño la noche de autos es que no soy capaz de dejar de revisar toda la documentación para ver si está en regla. No sé si llega a la altura de TOC (trastorno obsesivo compulsivo) pero un poco tortura sí es. No conozco ningún caso en el que las fechas o el horario de una tarjeta de embarque hayan cambiado por ciencia infusa pero ahí estoy. Imprimo los billetes y los releo. Todo ok. Los guardo en mi montaña de papeles (ver punto 3). Los vuelvo a mirar al cabo de una semana y como tres veces antes de salir de casa para cerciorarme que no se han escapado de mi bolsa. Doctor, ¿es muy grave?

 7. Someterme de buena gana a las «recomendaciones»

No es que sea una temeraria pero basta que alguien me aconseje no visitar tal país o no adentrarme por tal barrio para que me entren unas ganas irrefrenables de hacerlo. De no ser así no hubiera viajado a Israel cuando el terreno estaba bastante calentito, ni hubiera paseado por La Boca en Buenos Aires, ni visitado un mercado local en Lima mientras se producía el rescate de los rehenes retenidos en la embajada de Japón… Una cosa es hacer locuras y otra preferir el respeto al miedo como compañero de viaje.

8. No pegar la hebra con los locales

Adoro hacerlo y quiero seguir así. Me encanta trabar conversaciones con las gentes de los países que visito. Prefiero mil veces alargar una buena charla con alguien del terreno que una visita al mejor de los museos. Cada persona es una historia y mis oídos siempre están dispuestos a escucharla.

9. Enfadarme cuando viajo

Si por regla general me cuesta enfadarme con mayúsculas -soy como una botella de gaseosa, si me agitas mucho te caerá un chaparrón pero luego soy tan pánfila que te ayudaré a limpiarte-, cuando viajo me resulta prácticamente imposible. ¿Que nadie recuerda dónde hemos dejado el coche? Ya aparecerá. ¿Que el vuelo nos deja tiradas en Bolonia? Algún sitio encontraremos para dormir. ¿Que el restaurante no es tan maravilloso como decían? Cosas de TripAdvisor. Viajar es vivir, es sentirte libre, abrirte al mundo con los ojos de un niño. ¿Voy a cabrearme por unas piedras en el camino? En absoluto. El tiempo pasa mucho más rápido fuera de casa y no es cuestión de desaprovecharlo.

Finalizada mi lista, con muchas ausencias por cierto, toca nominar a las tres siguientes víctimas que en este caso son Eva, Sara y Laura. ¿Cogerán el testigo estas grandes viajeras?

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Próximo destino: Irlanda

Cambio de tercio para anunciarte con una sonrisa de oreja a oreja que mañana salgo de viaje para quitarme una espinita que tengo pendiente desde hace muchísimo tiempo: pisar tierra irlandesa. Por cuestiones laborales solo dispongo de una semana, pero estoy convencida de que será un estupendo aperitivo para futuras escapadas. ¿Ya estoy pensando en volver antes de partir? Así es. Preparando este viaje he descubierto que Irlanda está llena de espectaculares rincones que deseo conocer que evidentemente no caben en siete días. Te hablo de la costa surfera de Sligo y Donegal, de las Islas Aran, de Cork y el Anillo de Kerry, de Limerick, Kilkenny o de Derry-Londonderry.

Dublín copará buena parte de mi tiempo. Quiero saludar a Molly Malone y a Joyce, contemplar la ciudad desde el Gravity Bar de la Guiness Storehouse, recorrer los muros de la cárcel de Kilmainham, callejear por el Temple Bar, seguir la huella de U2, ver el libro de Kells en el Trinity College, fotografiar sus casas georgianas, perderme por las salas de la National Gallery of Ireland, disfrutar de sus pubs… Desde la capital haré una excursión a la costa atlántica para conocer los acantilados de Moher, el Parque Nacional del Burren y Galway.

Próximo destino, Irlanda

Después llegará el momento de subirse al tren rumbo a Belfast para pasar un día y medio en la capital de Irlanda del Norte. El barrio del Titanic, los murales políticos, el Mercado de San Jorge y el Museo del Ulster parten como favoritos. Al día siguiente, mi destino será el Condado de Antrim donde visitaré la famosa Calzada del Gigante (Patrimonio Mundial de la UNESCO), el puente de cuerda de Carrick-a-Rede -ya veremos si me atrevo a cruzarlo- y la Old Bushmills Distillery, la destilería en funcionamiento más antigua de Irlanda. De regreso a Dublín aún tendré un día entero antes de volar de vuelta a Madrid. Creo que he trazado una buena combinación: dos escapadas urbanas y dos excursiones a la costa. ¿Tú que opinas?

Nota: Todavía me quedan algunos cabos por atar y no he empezado a hacer la maleta pero bueno, no importa. Total, esta noche no voy a dormir. ¡Nos vemos a la vuelta!