Nos las prometíamos muy felices aquella nochevieja de 2019. Arrancaba un nuevo año, el 2020, con la mochila llena de buenos propósitos. Teníamos por delante doce meses por estrenar que, en mi caso, llegarían cargados de nuevos viajes y retos profesionales. ¿Por qué no iba a ser así? Porque apareció un brote mortal llamado COVID-19.

Sin saber muy bien cómo, parpadeamos, y el mundo ya no era el mismo. Fue como si algo o alguien hubiera decidido confinarnos en una película apocalíptica de serie B, de esas que se programan para acompañar la siesta de los domingos.

Coronavirus

De repente, las fronteras pasaron de inabarcables a finitas, tanto como las cuatro paredes de casa. Se borraron las sonrisas tras las mascarillas, desaparecieron los abrazos, y nos vimos obligados a querernos de lejos.

Tras el shock inicial de sabernos en pandemia, llegó la gran bofetada, un puñetazo en el estómago provocado por los muertos y los contagios. Ucis colapsadas, sanitarios extenuados, cribados que decidían quién tendría una oportunidad, residencias desamparadas, falta de recursos y personal, políticos enrocados en el enfrentamiento, egos desmesurados incapaces de sumar, agradecimiento y crispación en los balcones…

A nivel individual, la mayoría hicimos lo posible por doblegar la maldita curva acatando las directrices que imponía la distópica situación: aislamiento, lavado de manos, uso de gel hidroalcohólico, distancia social, etc. Pero, ¿y la curva emocional? Para mantenerla a raya no había un manual de instrucciones, y cada uno tuvo que cruzar su particular desierto como buenamente pudo capeando entre olas que nos impedían ver el mar.

Las redes sociales se llenaron de cocinillas que dejaron los supermercados sin harina, de tiktokers eufóricos, de yoguis y de ingeniosos memes. Y, también, aunque mucho menos virales, de las voces de los que luchaban en primera línea. Gritos de auxilio que arañaban el corazón con el relato de la cruda realidad que vivían a diario: falta de equipos, agotamiento físico y mental, muertes en soledad y sin despedida…

En mi caso, este destierro de la vida que conocía y que tanto disfrutaba, me embarcó en una montaña rusa llena de loopings, caídas en picado, remontes y fuerzas g. La incredulidad y el desconcierto inicial dio paso a la rabia, a la frustración, y a otro tipo dolor -más cercano, pero igual de hiriente-, cuando las víctimas empezaron a tener nombre y apellidos.

Durante el confinamiento, el sentimiento de pérdida fue creciendo cada día a la par que aumentaba mi cansancio, mis miedos y mi desgana. Escribir sobre mis viajes dejó de tener sentido, como quitarme el pijama o encontrar razones para sonreír.

Vuelo cancelado

Mi agenda empezó a llenarse de tachones que derivaron a páginas en blanco. Muchas, demasiadas. Como los días, que se deslizaban por el calendario como un encefalograma plano en una vuelta a los orígenes más primitivos en lo que lo único importante era tener algo en la nevera.

No hice masa madre ni ganchillo. No abrí una cuenta en TikTok. Tampoco leí más de lo habitual. ¿Mi válvula de escape? Algo de yoga, el sofá y Netflix. En modo avestruz y a la espera de que pasase la tormenta.

Cada despertar era una tómbola. Una mañana me tocaba el boleto de la positividad, abría el ordenador y empezaba a teclear. Otra, el de la desidia. Y así sucesivamente. Baja, sube y baja más abajo. En cuestión de horas y saltando de preguntas locales a interrogantes universales, disertando sobre lo relativo y lo importante, sobre lejanía y proximidad, sobre silencios que no necesariamente significaban olvidos, y coleccionando horizontes en el cajón del mañana.

El porqué de esta pandemia

Yo tengo mi propia teoría. Tras infinidad de señales de alerta -cambio climático, deforestación, especies amenazas, deshielos, océanos convertidos en vertederos y suma y sigue-, la tierra nos ha lanzado un órdago: «si no me cuidas, desaparece«. Tan sencillo y complejo como suena.

Porque nosotros somos el mayor y más letal virus que campa sobre la Tierra. Y el coronavirus no es más que la crónica de una pandemia anunciada que este mundo hiperglobalizado no quiso ver, a pesar de que un gran número de las enfermedades infecciosas tienen origen zoonótico. O lo que es lo mismo, son enfermedades que se transmiten de los animales vertebrados a los humanos.

Confinamiento en el 2020

Y la situación actual, esta nueva normalidad que de normal no tiene nada, no es más que el resultado del impacto que hemos causado en la naturaleza, rompiendo el equilibrio ecológico del planeta en beneficio propio. Consumiendo sin mesura, generando plásticos y sin mirar más allá de nuestro ombligo. Porque homos seguimos siendo, ¿pero sapiens?

El futuro…

¿Servirá de algo este súbito toque de alarma? La esperanza está ahí, pero solo eso. Yo no confío demasiado en nosotros. Cómo hacerlo cuando las selvas de la Amazonía, vitales para regular el sistema climático global, están desapareciendo.

Cuando la migración no obtiene respuesta -hemos visto el puerto de Arguineguín lleno de vidas en situación precaria mientras el debate nacional se centraba en cuántos nos podíamos sentar en la misma mesa en Navidad. Cuando aumenta la xenofobia y el sálvese quien pueda. Cuando un barco lleno de hombres, mujeres y niños que escapan del hambre o de la guerra no encuentra un puerto donde desembarcar, cuando sigue habiendo personas estigmatizadas por su condición sexual y otras que no pueden tener una muerte digna. O cuando la investigación sigue siendo el mendigo de los presupuestos.

La pérdida -afectiva, laboral o de rumbo- ha sido el castigo, la mascarilla, el sambenito que nos difumina el rostro universalizando el delito cometido, y el cómo acabará esto, la incertidumbre que nos hemos ganado a pulso al no hacer nada o no lo suficiente para merecernos perdurar. Porque, en mi humilde opinión, el planeta, hastiado por tanto ataque y consciente de la injusticia social, ha hablado en forma de virus.

Covid19

Y el futuro… Poco o nada sabemos sobre cómo discurrirá el 2021. Algunos se aferran a la llegada de la esperada vacuna para augurar una renovada primavera o un verano menos atípico. Quién sabe. Lo único cierto es que no podemos dar nada por hecho, que estamos de paso y que la certeza de hoy puede ser la incertidumbre de mañana. Porque la vacuna salvará nuestro cuerpo, sí, pero ¿y nuestra forma de ser y actuar? ¿Seremos capaces de reconducir esta deriva o esperaremos impasibles la llegada de otro cataclismo?

Si has aguantado esta perorata, tal vez te preguntes qué me ha impulsado a pergeñarla. La respuesta: evitar el olvido y recordar como viví y sufrí el año en que cambió el mundo. El mío y el de todos.

Y, si te preguntas qué le pido al 2021, la respuesta es poder volver a abrazar a mis padres. Ese es el único gran viaje que realmente necesito que empiece. El resto ya vendrá, ¿no?